

Todo comenzó en un pequeño garaje que olía a café y a cables soldados. No tenías un gran transmisor, pero tenías algo más potente: una colección de discos rayados y una pasión que no cabía en el pecho. Mientras las otras estaciones pasaban la misma música comercial de siempre, tú sentías que faltaba la esencia del pueblo: el sonido de la tuba, el brillo de los metales y ese sentimiento que solo la música de banda puede transmitir.